
Vas en un bus de transporte publico a la deriva por las arterias urbanas colapsadas, de una ciudad saqueada por pillos de cuello blanco y alcaldes ciegos o con una cuota clientelista demasiada alta. Denotas por los vidrios sucios y empañados por la polución, una realidad abyecta que se mueve entre indigentes, trabajadores informales, comerciantes y saltimbanquis de semáforo, y limosneros que pregonan cualquier calamidad por una moneda.
Smock, canciones a capela y multitud es lo que te rodea en el interior de esta chiva urbana. Los pasajeros se agolpan, empujan y aprietan entre si y vociferan sus madrazos entre vallenatos, música de emisora soez y malos chistes. Tiran madres por una vida vacía, un semestre sin estudiar, una vida sin ilusiones o cualquier cosa que amerite un grito.
Lamentos, gozos y un bebe llorando te elevan el hastió en un recorrido relativamente corto por la calle séptima. Sentidos inconclusos devengan la mayoría de nuestras inconformidades y silencios. Me gustaría ser de palo y no sentir, no pensar, no actuar, no omitir, no ser yo.
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