viernes, 19 de agosto de 2011

TEORÍA DE LOS CARROS CHOCONES


En un carrusel de colores gastados y pintura diezmada por el sol se atraen las memorias de la niñez, los columpios de elefante, las rodillas raspadas, los cubos de arena y los carros chocones que con su olor a cera invaden nuestras fosas nasales y con chispas anuncian el encuentro de la superficie de caucho que rodea el bólido de nuestros sueños y colisiones.

La vida es como la pista cuadrilátera de los carros chocones. Un montón de encuentros y choques inesperados, que, entre chispas, risas, olor a caucho y tonalidades se van dando. Unas veces de lado, flagelando y dejando adoloridas las piernas. Otras veces de frente permitiéndonos ver a nuestros rivales, amigos, amores, contendores, desconocidos, transeúntes o conocidos de frente mirándolos a los ojos, mientras con nuestro pie, y aferrados al volante, apretamos el acelerador. También en ocasiones la vida nos golpea por la espalda y nos hace vivir con el choque y su derivada conmoción de medula ósea, las emociones, haciéndonos ver el amor, el odio, la rabia, el vértigo, el miedo y la conmovedora bondad.

La vida es un conjunto de colores, rostros familiares y desconocidos. Periodos y espacios preconcebidos, cuadrados, llenos de luces intermitentes como los bombillos de cien voltios que se prenden y apagan según la voluntad del circuito de turno y con una larga fila de nuevos espectadores que como nosotros en un momento dado esperan un turno en el vientre de buenas y malas madres por nueve meses, para subirse al cuadrilátero donde ahora estas. Un cuadrilátero de bordes de caucho, donde se esquivan a los contrarios, se golpea al que esta en frente y donde se evitan los muros de goma. Una pista de carros chocones donde somos estrellas del show hasta que la muerte aprieta el botón de la corneta que anuncia el fin de la diversión o los golpes en la espalda, enfermedades terminales, vejez, asesinatos o cualquier cosa y desactiva la malla eléctrica que nos da la vida, para terminar saliendo por la puerta de atrás, mientras los otros, entre llantos y cordones umbilicales se abren paso en la inmensa pista de aluminio, para tomar el carrito chocón de su color preferido, o como en la mayoría de los casos, el que el destino de antemano le haya escogido.

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