miércoles, 10 de agosto de 2011

MAL DE MUCHOS CONSUELO DE TONTOS


Algunas veces el desafío mental se trata de llenar las horas de paz consigo mismo, estableciendo en el campo intangible de las emociones, personas con las mismas dudas, emociones, vacios y demás elementos que hasta en uno se hayan. La condición de ermitaño en un mundo tan desesperado por la compañía y ser parte de algo como este. Suena como la utopía socialista o una película de Disney, donde los personajes nunca van al baño, nunca se deprimen, nunca pagan facturas, nunca les chuzan los teléfonos para saber que dicen o se desesperan por las deudas y los bancos acosándolos con sus implacables y constantes llamadas.

Muchas veces somos egoístas y condicionamos a los que se acercan a nosotros a parámetros nuestros que parecen medir lo que no tiene proporción y calculan lo que nunca existió. Valoramos las personas que entrelazan sus sentimientos con los nuestros, como los jefes valoran mes por mes a sus empleados y mirando los índices de la cuota o margen de utilidad, redacta o no la carta de despido.

Tal vez por eso me cuesta tanto confiar. Tal vez las cicatrices, testigos de las heridas que se acogen en mi pecho, me recuerdan que querer es lanzarse con los ojos vendados a un precipicio, de cuyo fondo no se conoce nada en absoluto. Querer es limitar la razón al impulso primitivo del instinto y ponerse la manzana en la cabeza mientras un enfermo de alzhéimer empuja el arco y dirige la flecha. No quiero alarmarme, pero creo que mis pocas aventuras me han enseñado que es difícil confiar. A veces siento que la vida le va a uno amputando poco a poco la inocencia y como santo tomas, hasta no ver no creer. Siento que forme una coraza placida cuando los temas de corazones, chocolates suizos y flores rojas afloran.

No se si es miedo, o instinto de conservación en una selva que se come al débil y alimenta con festines al fuerte. No se si es un medio nefasto que permite llevar con una insípida tranquilidad la vida y sus embates. No se. Solo se que tengo un proceso de cicatrización lento y como en una oportunidad alguien me dijo: “soy de procesos lentos”. Muy lentos para mi gusto. Lo único que me consuela es que el mal de muchos es consuelo de tontos y aduciendo el hecho de lo muy tonto que soy al dar flores, pensar mucho en quien forma parte de mi interés, dar las cosas de corazón, procura el bien para el otro, compartir y demás cosas que se desarrollan en la vida de nosotros los existencialistas, me reivindico en un mundo lleno de cadáveres pecho fríos, indolentes, monotemáticos, egoístas y de memoria leve…

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