domingo, 14 de agosto de 2011

PARA EL DÍA EN EL QUE SOLO SEA UN RECUERDO


No es fácil entrar en un mundo caníbal que se ufana de sus victimas y las rotula al final solo por la destreza de un cadáver más que talla la lapida. Es difícil el hecho de ser un montón de experiencias pasajeras que sin tener en cuenta lo hecho o lo omitido y Se sepultan con cada palada del empleado barato de cementerio que proporciona el olvido. Tenemos hijos solo por el afán de perpetuar nuestra semejanza en la humanidad de otro condenado a pasar por este renglón ambiguo para morir, reproducirse y morir y así en un círculo vicioso de millones de millones de años que se repite desde que una ola creadora o el azar de la genética y evolución creo.

Somos brisas tenues sobre valles de lagrimas nefastos, festines vomitivos que se alternan dependiendo de la vuelta caprichosa que dicte el destino. No se que serán de mis días aun cuando los he demarcado en una senda académica que fluye de mi interior para crear un control propicio que genere y mantenga cierto tipo de bienestar. La vida es una flama alegre en los días de felicidad e irraciocinio. Esos días en los que las risas no se fundan en planteamientos filosóficos. Las lunas se regalan sin preceptos físicos y las almas se afloran sin cauterizar la inocencia.

A mi nunca nada me había dolido tanto como la partida de mi abuelita. A mi nunca la vida me había abofeteado ni había sido tan visceral y cruda. Jamás. Por eso y ahora mas que nunca pienso en la muerte, en sus misterios y su inmaterialización de lo que alguna vez fue tan nuestro. Eso, su desmaterialización forma un nudo en mi garganta y eleva una interrogación introspectiva que me lleva a preguntarme ¿para qué? Para que la belleza, la estética, la opulencia, los títulos, los nombres, las propiedades, las fortunas, las desgracias, los placeres, los nombres, los amores, los odios y los postres de fresa. ¿Para que?

Para que si todos vamos para el mismo lado y en diferentes tiempos. Para que si el fin anula los medios y nuestros actos no nos eximen de nuestra desaparición y posterior olvido. Es egoísta pensar que todo nuestro conglomerado nos acorase y nos haga eternos en un simple peaje absurdo que algún idiota llamo vida. Es duro aceptarlo pero somos solo eso. Una recopilación de instantes compartidos que en algún instante otro cadáver igual que nosotros reducirá a un nombre y en u acto de estúpida misericordia dirá:

“Hay, Diego Castro tan bueno que era”,
y este personaje será desplazado inmediatamente por la incesante tormenta del olvido…

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