
Uno le invierte muchas horas a la bruma, la oscuridad y la espesa penumbra que adornan los sitios de bailes, copas, luces y fluctuaciones rotas, mal denominadas bares.
Inmerso en mares de nombres, olores, prendas, manillas de papel, covers, requisas, carulla de la 85, punto 83, listas de invitados, billetes, estancias iniciadoras y amistades tan falsas como una moneda de cuero que duran lo que puede durar un hielo en el vaso del whisky que estas bebiendo o lo que dura un cigarrillo durante una contundente e intempestiva ronda de nocivas bocanadas.
Entras y son hemisferios preexistentes, solo que para confundir al publico bautizan estas capsulas falsas con nombres de mujer o uno que este acorde con el ultimo grito de la moda (la moda debe ser una vieja loca que para anunciar una novedad debe gritar), en París, Londres, Ámsterdam u otro arrume de edificios e inmigrantes que conforman el mundo industrializado.
Se impulsan desenfrenos por los ritmos sobrepuestos y acelerados. Las copas y los licores cumplen su efecto para sincronizar la mente con este espectáculo de circo romano en el que se ha convertido tu vida y avivas las ganas de vivir encendiendo la llama de la irracionalidad y la estupidez. Estrujas cuerpos que pretenden sincronizar con el tuyo por medio del hilo invisible de la palabra, que, como red de un pescador de magangue, se dilata hasta que cae alguna trucha, un bocachico o como siempre o en su mayoría, un tedioso bagre.
Es un afán que busca supuestamente salir de la monotonía que se vive a diario y termina siendo una acción insípida y poco innovadora que se repite cada fin de semana en cualquier sector de la ciudad con el protagonismo de los mismos cadáveres reencauchados con sonrisas falsas como la que refleja el espejo del baño que tengo en frente …
No hay comentarios.:
Publicar un comentario