
Inquietante es saber que tan solo hay que acercarse un poco a lugares más tranquilos para disfrutar de la soledad voluntaria y ver que con solo eso es fácil sentirse bien. Sentarse frente a una fuente de rocas de formas irregulares para sentir el sol que baja del cielo para cobijar los vagabundos que habitan las calles, acudir a las flores marchitas, invadir las terrazas de los edificios, desesperar a los casi insolados ejecutivos de corbata, llenar de cristales el agua y calentar mi alma, haciendo emerger buenos deseos, buenas vibras y tranquilidad.
Una tranquilidad de color montaña que se siente como los granos de trigo en la mano y que huele a pasto recién cortado. Una tranquilidad con sonido de automotores al fondo, silencios budistas, tonatas de los transeúntes en los escalones y una conversación diáfana y leve de fondo. Tan solo hay que salir a veces de ese círculo en el que nos encierran las grandes ciudades y que enmarcan los días sin huellas, que se acumulan en el baúl de los recuerdos, de lo olvidado y de lo no vivido. Solo hay que dejar que el sol nuble la vista de azul lucido y permita ver los caminantes divagando en sus probables caminos, mientras un delicioso y frio jugo de guayaba baja por la garganta.
A veces en la vida hay que dejar de remar contra la corriente y clausurar por instantes la idea de perseguir imposibles que solo dejan dolor en los brazos y vacios abismales en el corazón. A veces es mejor dejarse ir como cuando estando en una piscina se suelta el cuerpo simulando la ultima gracia de un ahogado. Dejarse ir dejando que los problemas se ingraviten y dejen de pesar tanto sobre nuestros hombros. A veces, y con la facilidad de tener un tiempo libre en mis días de ocio, me gusta disfrutar de estos pequeños y sencillos gustos que le doy a mi existencia. A veces es bueno dejarse ir acostado en un césped después de almorzar unos callos valencianos en biblioteca Virgilio Barco de Bogotá como lo hago ahora.
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