
(música de Ceratti)
Las noches con luna llena son esplendidas para cenar, para regalar satélites naturales de este planeta, para tomarse un buen vino caliente y a veces para escribir sobre la penumbra que aclara los comportamientos naturales de los que entre sombras traen a sus amantes y en medio de velas a medio calcinar en la agonía se internan en un submundo de miradas obscenas, roces de lujuria contenidos por una gran cantidad de tiempo e inevitablemente esperados.
Es la forma natural de un sitio gastado con cuadros viejos, referentes históricos y anecdóticos, personajes únicos y pintorescos y muebles viejos a los cuales solo les queda esperar el bálsamo de una restauración o la resignación de terminar en el olvido del deterioro o exhibidos como elemento exótico en un mercado de pulgas.
Un contexto amplio y suficiente que se debate entre poemas de Neruda, pasodobles, sonrisas insípidas, miradas inquisidoras, mensajes en servilletas y diálogos entrecortados por el volumen estridente de la música y lo superfluo de las palabras. Noche de luna llena, de hombros lobo vestidos de motociclista al acecho de caperucitas de mil colores que los esperan con una daga de plata en la mano y el corazón blindado ante traspiés y cerrado por sospecha. Noches de luna que se van en un instante y dejan sobre el lienzo una monalisa, mientras las calles arrojan su aroma a tres pesos, a licor, a gente dando tumbos, a Bogotá a las tres de la madrugada.
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