
(música de calamaro,domingo, domicilio, helado de 1.200, mimos maternos y un libro sobre mujeres dificiles)
En ocasiones es frustrante ver como el mundo que imaginamos cuando éramos niños no existe. Ese mundo que imaginamos del que nos desentendíamos fácilmente y que retomábamos sin reparos o confusiones cuando los limites no se distinguían y todo era un amplio ramillete de oportunidades diversas, edificantes y benéficas. Muchas veces se añoran esos momentos en los que corríamos libres de tantas obligaciones, tantos compromisos y sin mutilar nuestra felicidad por el que dirán, que pensaran y que esperaran de nosotros.
Es difícil aceptar en momentos determinados que hemos crecido en muchos aspectos, pero que inevitablemente vamos en torno a un retroceso en el cual somos un cero a la izquierda, que solo cumple determinadas funciones específicas de las que no muy de agrado destaco trabajar, cumplir horarios, suplir papeles, consignar periódicamente en un banco, comprar una casa en determinado sector, acumular capital, envejecer y morir.
Esto no quiere decir tampoco que uno deba idearse un plano parasitario como proyecto de vida y vivir mantenido en la casa de los padres. No. Solo quiero evidenciar (o por lo menos para mí es evidente) mi profunda envidia a esos seres que se deleitan con risas auténticas sin tener que mediar con estratos sociales, marcas de auto, sectores urbanos, tipos de ropa, modelos físicos de belleza y estética, o determinado bagaje académico.
Expresar mi envidia más sincera hacia esos niños que acogen a sus amigos por agrado y no por interés. Que se deleitan del tiempo sin sufrir por el correr del mismo. Que dicen lo que piensan sin reparos o rubores paupérrimos. Hacer saber que envidio a esos niños que se gozan la vida con auténtica sabiduría, deleitándose de los grandes placeres de la vida (esos que no valen nada material y que en la mayoría de casos cuando uno crece no disfruta), esos que dan a la vida los matices mas amenos. Envidio eso y mucho más de los niños y en definitiva sé que lo hago porque algún día fui uno igual a ellos, que con cara llena de pintura me decoraba la vida sin reparo, y que ahora, después de dos décadas, los veo desde una mazmorra de supuesta madurez envidiándolos desde un par de rejas hechas con nostalgia, susurros, suspiros y miedo. Una mazmorra donde pago el atroz delito de haberme amputado la inocencia.
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