
En la vida es fácil delimitar el entorno por medio de paisajes proliferados, de oasis refrescantes, mientras en la mayoría de campos y pueblos, apartados el hambre, el frio y el abandono por parte de un estado omisivo, indiferente donde la norma imperante es la crueldad de la realidad recurrente. Somos una sociedad sin identidad que solo busca el bien particular, aun cuando el dolor general sea más que evidente.
Crecimos (yo crecí), en las década de los ochentas y noventas, donde el narcotráfico y la corrupción imperaban en una hegemonía que avivaría la envidia de cualquier emperador romano del siglo II antes de cristo. Nosotros, los adultos contemporáneos que acabamos de dejar nuestra inquietante adolescencia, fuimos testigos de la danza de los millones, las mini-uzis, las fiestas ruidosas de los que de la noche a la mañana se hacían ricos y llegaban con sus camionetas vistosas y su patota de maleantes y escoltas, y también fuimos testigos del asesinato de Luis Carlos Galán, Guillermo Cano, Rodrigo Lara Bonilla, Carlos Pizarro Leongómez, Bernardo Jaramillo Ossa entre otros.
Nacimos en los años en los que el polvo extraido de manera artificial, toxica y química de una hierba ancestral se centro en todos los estamentos y escenarios de la vida publica y privada de un país que de la noche a la mañana desplazo el mercado de los entidos gustativos como el café, por el mundano infierno sicotrópico oloroso a éter y nasal que con millones de dólares financiaban los gringos drogadictos e insaciables.
De allí se desvirtuaron los valores que con mano dura, letra con sangre y regla implacable la iglesia cimento sobre nuestros padres, y allí mismo, cerca del bote de basura, se depositaron las normas de urbanidad de Carreño que por lo menos a mi, en lo personal atañían y se repasaban todos los jueves en un salón en la parte de la recepción de un filosofado con cuarenta también aburridos compañeros de colegio, por un profesor bipolar, costeño, asolapado y mujeriego.
Así es que yo, como los que nacimos en esa época, vivimos nuestra niñez con dejémonos de vainas, tamagotchis de muchos colores, la lambada (tengo el LP original- bueno, no lo tengo, lo tiene un tio y se lo puedo hurtar fácilmente), el higuerón, monedas de veinte y cinco pesos, Tom & Jerry y los sábados felices cuando la mayoría de ancianos que ahora vemos eran prominentes humoristas y tenían un equipo al que ni Dios le podía ganar.
Fui de los niños que miraba la televisión y que tenía prohibido salir a comerme un helado en un centro comercial, precisamente porque los mismos eran blanco de los flagelos de la violencia. Había bombas en los CAI, en los edificios grandes como del D.A.S, y cerca de mi casa de aquella época. Yo como muchos niños fui testigo inocente en mi burbuja que proporciona la infancia, de como la gente se metía a manos llenas los millones en el bolsillo y también fui testigo del silencio imperante de una sociedad que pecaba sin pudor y que señalaba a los demás los domingos después de salir de misa.
Una sociedad que perdió en el debate entre moral y lucro, dejando a la minerva con su balanza de justicia, un bulto inmenso, lleno de dolor, muerte, dinero sucio y extorción liderando, mientras los famélicos valores de la honestidad, el honor, la ley, la legalidad y el amor patrio siempre perdían. Una sociedad que se perdió y que ahora muy orondamente a nosotros nos quieren echar la carga de la historia por supuestamente no hacer nada.
Nada?
¿Acaso nosotros los colombianos que estamos en este momento entre los veinte y treinta años, no somos la generación que mas se ha educado dentro de un marco poblacional de tiempo que suple y lejos llena las anteriores que se han engendrado en lunas de miel, pocilgas, camas tibias, moteles de mala muerte o parroquias de este país?
¿Acaso no hemos sido nosotros los motores de las movilizaciones mas grandes e importantes de las que se tenga memoria en el país después de las realizadas por el caudillo liberal Jorge Eliecer Gaitan?
¿Acaso fuimos nosotros los que bajo el imperio de los millones y con el fulgor de la juventud nos silenciamos ante la barbarie del sicariato (que hoy nos aqueja), los paramilitares o las BACRIM?
¿Acaso fuimos nosotros los que no dijimos nada frente a un gobierno que en manos de un ejercito violentado y embravecido por la sed de venganza asesino sin piedad a los magistrados en el palacio de justicia y que en las grabaciones agónicas y suplicantes del presidente de la corte suprema de justicia el Dr. Alfonso Reyes Echandia ( "“Por favor, que nos ayuden, que cese el fuego. La situación es dramática. Estamos aquí rodeados de personal del M-19"-palabras del Dr. Echandia el día de su asesinato-).?
¿Acaso yo con cuatro meses de vida, podría gritar o instar a una marcha civil y/o rechazo popular por la vida de los empleados de la cafetería del palacio de justicia y demás que desaparecieron?
¿Sera que con 14 años de edad podría generar una masiva marcha en rechazo del asesinato vil y cobarde de Jaime Garzón o seria mas justo y reaccionario una incursión de aquellos que nos educan?
No, verdad. Así que a nosotros los jóvenes colombianos no nos echen el agua sucia de todo el mierdero de país que dejaron mientras se llenaban los bolsillos o solapadamente se hacían los de la vista de Fernando Botero. Por ello, no entiendo ni entenderé, como dicen que la juventud de antes era mejor, mas educada, con mas iniciativa que la de ahora (osea nosotros), cuando a viva voz se puede gritar facultándose en los hechos que como prueba irrefutable muestra que nuestros padres no hicieron nada en absoluto y que lo único que nos heredaron fue una intolerancia colectiva y una soberanía individual que hasta el día de hoy catorce de febrero del año dos mil doce nos tiene jodidos.
Somos jóvenes en busca de un cambio y como parte activa de esta generación joven, creo que haberle callado la boca en un café del centro de Bogotá donde se transpira el derecho a un abogado ponderado y famoso que se cree el putas poruqe esta viejo y estúpidamente se ufana de sabérselas todas con lo anteriormente expuesto, es un inicio. Por lo menos en mi vida. O por lo menos en la de los que hacemos los nacidos y educados con matinés, libros, cuentos y televisión en familia unida en la sala de la casa. Los que marchamos rechazando a las FARC, a Uribe, a los paramilitares, a las BACRIM, a la negra candela o a cualquier ladilla mas que amerite nuestro rechazo. Somos los que nos educamos para no callar mas como lo hicieron nuestros padres y demostrar que ninguna generación es mejor que otra, solo demostrar que entre todos, y jalando para el mismo lado podemos ser mejores.
Solo queda una pregunta en el tintero y una duda en el amplio margen de posibilidades:
Si a nosotros los ochenteros a veces nos queda grande entender nuestras falencias sustentándonos en cuentos de Edgar Allan Poe, fabulas de Rafael Pombo, cuentos de Mark Twain y novelas de García Márquez, ¿ como abordaran este mismo caos los niños que se crían con una sola madre, en la extrema pobreza, sin oportunidades por parte del estado, educados por un televisor con novelas, cuestionados en sus talentos por realities y siendo receptores de moral por Facebook?
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