El conflicto en Colombia es una analogía de su mismo
territorio. Lleno de abruptos físicos y geográficos, que ponen en la misma mesa
grandes llanos y planicies con una cordillera de los andes trifurcada en la
cual se acomodan todos los pisos térmicos, que, van desde la playa que se
arraiga al mar, hasta las nieves perpetuas que con los dedos intentan tocar el
cielo. Un orden de contrastes que son tan movibles y variados como los caminos
que se labran en un país que se cimenta en bases inestables y con abismos a
lado y lado. Un barranco de sueños, saqueos, avaricia e inocente esperanza.
Un conflicto desencadenado a sangre fría y latente desde la época
de los sesentas, por guerrillas
campesinas acunadas y fundamentadas ideológicamente, por la extrema izquierda y grupos
paramilitares, ideados por la extrema
derecha y la oligarquía siempre imperante de parte del estado. Un conflicto que ebullicióno en la época de la violencia partidista, lastre
de aquella pugna que se vivió en el país
en “La nueva granada” donde después del régimen monárquico español, el
conflicto de intereses y el como dirigir un país de desarraigados y campesinos,
sustento la idea de sesgar la cabeza de muchos.
Este mismo conflicto se recrudecería con el tiempo y con la
llegada del demonio del narcotráfico que cambio ideales por ingresos
descomunales producto de la comercialización de la droga hacia los gigantescos
mercados de drogadictos gringos, que con sed descomunal pedían a gritos ese polvo blanco que en los setentas
y ochentas segregaba la violencia, la falta de oportunidad y esa mal llamada “malicia
indígena”, que no mide medios para
llegar a cualquier fin. Una raíz maligna
de lo que seria el exterminio de la Unión Patriótica, el auge de Pablo Escobar,
la expansión de las narco-guerrillas y el conflicto armado, la narco- política del
gobierno de Ernesto Samper, el secuestro como sustento presupuestal de los
agentes armados, los diálogos infructuosos del Caguan en el gobierno de Andrés
Pastrana y la nefasta conclusión, como
lo fue el gobierno de Álvaro Uribe Vélez
y su vestigio de corrupción, trafico de influencias, prevaricatos,
demagogia y plutocracia lacerante y excluyente de sus dos periodos
presidenciales.
Una antesala que es el basto escenario de la política colombiana.
Una política cada vez mas indulgente con los grandes asesinos de su historia (Jorge
40, Don Diego, Martin sombra y demás). Un país al cual sus ciudadanos no le
creen. Un país por el cual solo las multinacionales con sus funestos intereses da
tres pesos. Un país que como diría el inmolado Jaime Garzón, carece de una
memoria colectiva que le permita hacerse valer como esa sociedad civil que
tanto se nombra, pero que poco se hace valer. Que vota por un tamal, un mercado, un billete
por esos mismos que mas tarde los exprimen. Que solo sirve para salir a
manifestarse después de una bomba.
Por ello en Colombia el proceso de paz en si solo se ve como
una formalidad mediática que se le presenta a los ciudadanos, para que, como
una cortina de humo, se olvide de cosas mas relevantes que el acuerdo entre los vándalos mas acérrimos. Porque
un proceso de paz en Colombia no es una conversación tipo película Disney. No.
Es un dialogo entre paracos, políticos, lagartos, criminales de cuello blanco y
guerrilleros que han despojado, desplazado, asesinado, desfalcado, secuestrado
y desangrado al pueblo colombia. Un aquelarre de brujas, del cual esperamos que se pueda parir la paz. Porque eso
que nuestros padres cobijaron con tanto esmero, “la esperanza”, ya se perdió. No
por un negativismo infundado, sino por una serie de factores que hacen que
nosotros, los colombianos, no seamos más que una parte, de una gran maquinaria
aceitada cada cuatro años con propuestas utópicas y manos cada vez más avaras.
Esta es solo una percepción de un colombiano mas, que por
cuestiones del azar, nació en estas pugnas mediáticas y en una posición histórica
poco favorable, de la cual solo se
puede percibir el despilfarro, el poco sentido de pertenencia por lo publico y esa
falta de lógica, en la cual, un estado que como bandera constitucional tiene al
“estado social de derecho”, le apuesta mas a las balas que a la formación de
conciencias criticas, que no se inflen porque gano la selección Colombia, sino
por el cambio estatutario, positivo y productivo de sus instituciones. Porque este
país, JAMAS tendrá la paz, si la brecha
social no se acaba, o por lo menos se detiene. Porque la idea de libertad y de ciudadanía
JAMAS se tendrá en un país que manipula los medios de comunicación y la ciudadanía
es reprimida con tanquetas y chorros de agua cada vez que decide manifestarse
ante la opresión de la avaricia del sector privado. Porque la idea de paz en Colombia,
solo servirá para que nuestros dirigentes y demás delincuentes se vaya a un
tour por el mundo con el dinero de nuestros impuestos.

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