Tomando carretera al sur,
voy por las amplias vías de este ecuador que entre olores de café y extensas
plantaciones de plátano, acaricia el pacifico y engalana con sus montañas
blancas la puerta de oro de Suramérica. Como la nieve de invierno europeo, en
una analogía natural de aquellos Alpes suizos, que entre chocolates blancos y
relojes de marcación perfecta me acompañaron por las soledades de las caras
adustas de los escandinavos. Tomo un poco de ron y del baúl de mis memorias,
evoco aquellas blancas playas de varadero en cuba. Esas que acogen turistas incautos
en busca de paisajes amenos, ambiente revolucionario y una utopía social llena
de paradigmas inaprensibles y que están
adornadas por la belleza de esos rostros caribeños de blancas sonrisas y de
piel morena. Tomo algo del aire que llega por mi ventana y mis sentidos se
difuminan por aquellos perfumes parisinos que use en mis años de juventud,
mientras con un té en leche caliente en la mano observaba con apremiante
atención la imponencia de la torre Eiffel y la arrogancia de los franceses. Un
camino más, que se labra entre una ruta inhóspita e inquietante como las
pirámides de Guatemala, que con sus laboriosas figuras prehispánicas me enseñaron la imponencia de la
materialización del espíritu y el arte que deriva de la preocupación por el
tiempo. Una travesía sin itinerario, sin una brújula que delimite nada. Una
cruzada que tiene punto de partida, pero no un punto específico de llegada. Un paso
más al frente como los muchos que se han dado, pero que ahora tiene un tinte
que lo acentúa más: mi vejez.

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