jueves, 1 de noviembre de 2012

MEMORIAS SIN ITINERARIO


Tomando carretera al sur, voy por las amplias vías de este ecuador que entre olores de café y extensas plantaciones de plátano, acaricia el pacifico y engalana con sus montañas blancas la puerta de oro de Suramérica. Como la nieve de invierno europeo, en una analogía natural de aquellos Alpes suizos, que entre chocolates blancos y relojes de marcación perfecta me acompañaron por las soledades de las caras adustas de los escandinavos. Tomo un poco de ron y del baúl de mis memorias, evoco aquellas blancas playas de varadero en cuba. Esas que acogen turistas incautos en busca de paisajes amenos, ambiente revolucionario y una utopía social llena de paradigmas inaprensibles  y que están adornadas por la belleza de esos rostros caribeños de blancas sonrisas y de piel morena. Tomo algo del aire que llega por mi ventana y mis sentidos se difuminan por aquellos perfumes parisinos que use en mis años de juventud, mientras con un té en leche caliente en la mano observaba con apremiante atención la imponencia de la torre Eiffel y la arrogancia de los franceses. Un camino más, que se labra entre una ruta inhóspita e inquietante como las pirámides de Guatemala, que con sus laboriosas figuras prehispánicas  me enseñaron la imponencia de la materialización del espíritu y el arte que deriva de la preocupación por el tiempo. Una travesía sin itinerario, sin una brújula que delimite nada. Una cruzada que tiene punto de partida, pero no un punto específico de llegada. Un paso más al frente como los muchos que se han dado, pero que ahora tiene un tinte que lo acentúa más: mi vejez.

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