Las primeras veces marcan la vida por su precedente numeral
y por su aparición pionera, en el
pentagrama de nuestras notas a vivir e interpretar en el cabaret burlesque de
la vida. Somos individuos en continuo aprendizaje, donde la regla del ensayo y
error impera. Vamos acumulando estas caídas en falso y estos aciertos, para
condensar una serie de experiencias, que nos permiten cimentar una madurez y
concretar puntos de criterio individuales, desde los cuales entendemos,
desciframos y catalogamos, lo que vemos en el mundo en escaparates
gastados que huelen a oxido y así mostrar nuestro punto de vista sobre lo que
deriva del mismo. Experiencias que nos van curtiendo como el cuero y que nos
llenan de prejuicios, miedos, escepticismos, omisiones y el complejo de negación
propio de una mente mal elaborada como la humana.
El primer amor es eso. Una experiencia más. Una expresión libertina
del espíritu que extralimita sus alcances y llena de espejismos amenos e idílicos
los días rosados, que se cargan al sol de verano, con promesas de “para siempre”
invocando eternidad, de “nuncas” que jamás se cumplirán y fidelidades que tal
vez se caigan por su propio peso. El primer amor es esa primera experiencia en
virgen a un mundo que nos taladra la cabeza con estereotipos interpersonales
donde el amor es una base de todo lo que se rodea y también del mercadeo de los vendedores de flores, los propietarios
de salas de cine, los fabricantes de osos de peluche y los agentes cambiarios
de las lunas de miel en el caribe.
Lo que lo diferencia del resto de amores que tendremos en
nuestra vida es que este de cierta forma es puro, genuino, carente de vicios. En
el no ponemos como punto de comparación nuestro pasado porque simplemente no
existe, ni tampoco un presente, porque sencillamente no se contempla, no se
piensa, no se desea. El primer amor acoge nuestros sentidos y pone nuestras
hormonas en un plano supremo, donde entablamos guerras a diestra y siniestra
con la valentía que puede generar un sentimiento tan ambiguo como este. Un sentimiento
que se puede enfrentar a lo que sea. De allí
aprendemos a explorar las facetas mas intimas de nuestra existencia: nuestra
sexualidad, nuestra capacidad de aguante, nuestra disposición de dar y de
recibir. De sufrir y de también gozar. De ser quienes queremos ser y de soñar
(así sea desde la ingenuidad y por un instante), que el mundo es bueno, que las
cosas bonitas duran para siempre y que la felicidad puede parecer por instantes
eterna.
Es ese primer amor el que demarca muchas cosas. El que
delimita nuestra posición hacia los demás en un futuro inmediato. Dependiendo de
lo que se viva se saca lo mejor o lo peor de nosotros desde nuestras entrañas. Porque
así como hay los que son una odisea cancerígena, también los habrá edificantes
y placenteros (de todo hay en la viña del señor). Porque por lo menos para mí, la regla básica de eso llamado amor, es que es como subirse a una montaña rusa. La primera
vez se despliega toda la adrenalina, se grita genuinamente y el miedo
placentero se desborda. Ya las otras veces puede ser rico e inquietante, pero
ya sabes que se va a sentir y promedias lo que puede o no pasar. Lo que se
puede o no esperar en determinadas ocasiones. Todo se vuelve predecible, y uno,
por los golpes, más escéptico…

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