viernes, 23 de noviembre de 2012

EL PRIMER AMOR





Las primeras veces marcan la vida por su precedente numeral y por su aparición pionera,  en el pentagrama de nuestras notas a vivir e interpretar en el cabaret burlesque de la vida. Somos individuos en continuo aprendizaje, donde la regla del ensayo y error impera. Vamos acumulando estas caídas en falso y estos aciertos, para condensar una serie de experiencias, que nos permiten cimentar una madurez y concretar puntos de criterio individuales, desde los cuales entendemos, desciframos y catalogamos, lo que vemos en el mundo en escaparates gastados  que huelen a oxido y así  mostrar nuestro punto de vista sobre lo que deriva del mismo. Experiencias que nos van curtiendo como el cuero y que nos llenan de prejuicios, miedos, escepticismos, omisiones y el complejo de negación propio de una mente mal elaborada como la humana.





El primer amor es eso. Una experiencia más. Una expresión libertina del espíritu que extralimita sus alcances y llena de espejismos amenos e idílicos los días rosados, que se cargan al sol de verano, con promesas de “para siempre” invocando eternidad, de “nuncas” que jamás se cumplirán y fidelidades que tal vez se caigan por su propio peso. El primer amor es esa primera experiencia en virgen a un mundo que nos taladra la cabeza con estereotipos interpersonales donde el amor es una base de todo lo que se rodea y también del mercadeo  de los vendedores de flores, los propietarios de salas de cine, los fabricantes de osos de peluche y los agentes cambiarios de las lunas de miel en el caribe.




Lo que lo diferencia del resto de amores que tendremos en nuestra vida es que este de cierta forma es puro, genuino, carente de vicios. En el no ponemos como punto de comparación nuestro pasado porque simplemente no existe, ni tampoco un presente, porque sencillamente no se contempla, no se piensa, no se desea. El primer amor acoge nuestros sentidos y pone nuestras hormonas en un plano supremo, donde entablamos guerras a diestra y siniestra con la valentía que puede generar un sentimiento tan ambiguo como este. Un sentimiento que se puede enfrentar a lo que sea.  De allí aprendemos a explorar las facetas mas intimas de nuestra existencia: nuestra sexualidad, nuestra capacidad de aguante, nuestra disposición de dar y de recibir. De sufrir y de también gozar. De ser quienes queremos ser  y de soñar (así sea desde la ingenuidad y por un instante), que el mundo es bueno, que las cosas bonitas duran para siempre y que la felicidad puede parecer por instantes eterna.







Es ese primer amor el que demarca muchas cosas. El que delimita nuestra posición hacia los demás en un futuro inmediato. Dependiendo de lo que se viva se saca lo mejor o lo peor de nosotros desde nuestras entrañas. Porque así como hay los que son una odisea cancerígena, también los habrá edificantes y placenteros (de todo hay en la viña del señor). Porque por lo menos para mí,  la regla básica de eso llamado amor,  es que es como subirse a una montaña rusa. La primera vez se despliega toda la adrenalina, se grita genuinamente y el miedo placentero se desborda. Ya las otras veces puede ser rico e inquietante, pero ya sabes que se va a sentir y promedias lo que puede o no pasar. Lo que se puede o no esperar en determinadas ocasiones. Todo se vuelve predecible, y uno, por los golpes,  más escéptico…

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