Nos hemos educado para sortear ciertas situaciones en las
cuales hay vademécums para ciertas dudas, ciertas dificultades y ciertas
situaciones. Sabemos que los errores se deben sumar, las virtudes se restan a
medida de que se crece, los interrogantes se multiplican por cada paso que se
da y que nuestra vida está dividida entre múltiples responsabilidades y dos o
tres pizcas de felicidad. Llevamos impresos ciertas actitudes hacia ciertas
cosas y de allí, derivamos unas posibles
respuestas, que nos permiten convivir con nuestras dudas y naufragar sin
problemas, en el mar de interrogantes que rodea nuestra existencia. Vamos lidiando
bestias, que se alojan en nuestra mente y que construye castillos en el aire,
donde nos los hay y donde nunca los habrá.
Tenemos todo eso, pero a veces no es suficiente. A veces no basta con lo
aprendido en la palestra y tenemos que improvisar. Tenemos que sacar un as bajo
la manga, ante esas sorpresas que no se presupuestaron jamás. Sacar el as bajo
la manga así tengamos una camiseta. Y no precisamente es ponerle el pecho a las
balas o sacar el “corazón valiente” que tal vez jamás tengamos. No. Es inclinarse
por lo debido. Por eso que siempre le criticamos a nuestros padres, pero que en
la vida de adultos, vemos que es lo mejor (con terror claro está). Que los
malos y los buenos no se dividen en dos bandos, como pensábamos cuando éramos
niños, sino que estos en la vida adulta
se intercambian según la conveniencia y que muchísimas veces, se mezclan en un perfecto binomio. Que a veces
es mejor dar un paso al lado y estar concentrado en esos egoísmos que tanto nos
gustan. Que el placer de la carne aunque efímero y temporal, es plano y
llevadero. Que en las buenas intenciones
no se puede confiar. Que a veces es mejor hacer como Batman y desaparecer con
estilo...

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