La mente es una cárcel que constantemente abre ventanas, por
las cuales entran tenues rayos de luz, que permiten sacar desde el pozo séptico
de las entrañas, flores de loto que se
van expandiendo, a medida de que intentamos abrir lo que pensamos al mundo. La mente
es un ensamble de fichas de rompecabezas, que empalma piezas coloridas con otras desgastadas de tanto uso y abuso. Es uno de esos rompecabezas de paisajes
naturales difíciles de descifrar, que
con cada empalme proporciona una
pasajera satisfacción, pero que en seguida sugiere una gran bitácora de
retos, una seguidilla de insatisfacciones y una cuenta larga de
arrepentimientos.
Por ello viendo por el retrovisor de mis pensamientos, se
van divisando con nostalgia esos tiempos pasados que se presentaron con la intención
de perdurar por siempre, pero que se quedaron en los anaqueles de las
experiencias vividas, los rostros recorridos, los cuerpos amados y las caricias
fosilizadas. La mente elabora nostalgias
que rememoran esos instantes en los que el corazón palpito con fuerza y los
deseos parecían ilimitados. Un universo paralelo en el que al parecer fuimos más felices o por lo menos estuvimos menos
contaminados. Un pasado sin calentamiento global, globalización, reelecciones o
miedos que se cimentan en las bases endebles de la adultez.
Nostalgias por esos días de rodillas raspadas, besos
robados, escondidas de incontables nacionalidades y sencillez. Nostalgias de
tiempos más reales y menos virtuales. Tiempos donde el contacto era real y
humano y no digital y sistemático como ahora. Nostalgias por esos días donde el
amor era algo valido y no solo un producto más de los tantos enlatados que nos
vende esta sociedad de supermercado. Recuerdos, recuerdos y más recuerdos que
se agolpan y se acumulan en esas eternas miradas vacías al blanco techo, desde
la cárcel mental de barrotes inquebrantables.
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