
(Musica: Norah Jones (with Wynton Marsalis) - Come Rain or Come Shine con milo y galletas)
A veces uno va en la vida haciendo cosas medianamente interesantes o sensiblemente sonoras y conoce personalidades afines, figuras amenas o concepciones externas que inquietantemente se empalman a lo que dibujamos como nuestro, y que poco a poco nos rodean como sombras prismáticas en el paisaje de nuestros momentos. A veces entre el vulgo se rodean las expectativas con las realidades, haciéndonos ver eso que fácilmente imaginamos de niños. Eso que en la vida adulta se hace más grande, lejano e inalcanzable. Cuando éramos niños vivíamos en territorios amenos donde el epicentro de las atenciones solíamos ser nosotros y soñábamos con ser bomberos, astronautas, médicas samaritanas, futbolistas, cantantes de lo que sea, princesas de Disney y demás conjeturas idílicas e inocentes que una mente habida de ocho años puede tener.
Ahora los sueños tienen un precio. Un precio que el que se invento la frase “soñar no cuesta nada”, no contemplo y que se estrecha con la razón indolente de la realidad y coarta esos simples pero gigantes sueños de infancia que entre muñecos de trapo, legos, carritos de cuerda, batman´s, y trompos nos dedicábamos a contemplar y mentalizar. Pareciera que a medida que crecemos extirpamos esa capacidad de ingeniarnos centros de mando con una caja de cartón, naves espaciales con el volante del carro de papá, batallas épicas con dos muñequitos o simplemente creernos que los dibujitos animados si son reales y que casi se puede creer que existen, viven y pagan facturas en los estudios de la Warner Brothers.
Dicen que la vida es una sola y que cada paso que se da cuenta. Que cada etapa es única y que debe ser el sustento de la siguiente y definitivamente es justo, solo que no me parece que cuando divago por mis sueños me delimite en que otros tienen exactamente los mismos que los míos. Que cuando dije:”quiero un apartamento”, miles lo dijeron. Que cuando digo:” quiero una chica así”, miles la quieren asi. que cuando sueño con esto ya miles salgan con aquello, haciéndome pensar ineludiblemente que los sueños tal vez ahora en mi adultez me los vende una segregación masiva que impulsa a que yo haga determinadas cosas por una concepción sistemática, errónea y enferma de éxito.
Creo que crecer es más que eso y soñar aun es más que eso. Crecer es la posibilidad de que haya un mundo mejor sin amararse a los arboles, andar como un maldito hippie o ser un numero en una entidad bancaria. Soñar para mi determina empaparse de lo que se vivió en esos años de inocencia e intentar perpetuarla para ver si con eso se cambia un poco este mundo tan aséptico, hermético, interesado y frio.
Por eso debe ser que regularmente escribo acá. Para soñar, para pensar que uno si se puede salir de un esquema de patrones de comportamiento seriado e intentar así sea un poco desviarse de la carrera de ratas que se implanta en el disco duro de las sociedades enfermas y las mentes idiotas. Porque crecer es a veces jarto y a veces odio mi vida, sin desconocer que gracias a Dios nunca he sufrido, nunca he pasado hambre, nunca me ha faltado nada y SIEMPRE he hecho lo que me da la gana. Y no la odio en serio, la odio a raticos. La odio cuando como un zombie digo cosas idiotas o ando con gente idiota. Me odio cuando se me olvida que fui ese niño que soñaba con ser bombero, que jugaba solo con un balón inventando partidos imaginarios en casa de abuelita y que formaba filas de guerreros con los dos millones de rulos que tenia tía Consuelo. Ese niño que aun sale cuando veo cosas de colores vivos, cuando me como un helado de vainilla, cuando me enamoro o cuando me dan una sorpresa. Ese niño que está en el interior de las cosas bellas de la vida y que no se debe dejar atrás en el baúl de las fotos viejas y los recuerdos gastados...
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