
Muchas veces desenfundamos nuestras energías en argumentos absolutorios, que, sustentados en la ignominia de la arrogancia se van solventando y diluyendo en los días. Hace unos días y con motivo de la celebración número trece del festival iberoamericano de teatro de Bogotá, ese regalo mágico y soñador que nos lego Fannie Mickey y que ahora hace de la ciudad una fiesta de volúmenes y calidades excelsas.
Asistí a una obra de teatro española llamada “VOALA PROYECT” que entre sogas y malabares se promocionaba como especial la cual se presentaría en la plaza de toros de la Santamaría. Un sitio siniestro, lúgubre y oscuro hasta ese momento para mí y al cual asistí con cierto recelo por el escenario y con gran expectativa por la obra que reflexiona sobre el amor, la capacidad de soñar y la libertad de volar.
Una obra que entre arneses, grúas, luces de colores, bellezas idílicas y sombrillas de colores que emanaban escarcha de muchos colores se ha ganado cierto reconocimiento mundial y que impacta por su fuerza escénica, el gran movimiento sonoro, la voraz voz de los cantantes y su impecable presentación. Una obra que como digo se presentaba en un escenario que personalmente hasta ese momento era un homónimo de crueldad, sevicia y tortura.
Aun no ha cambiado mi concepción y posición frente al toreo. Me parece que no puede ser arte torturar a un animal indefenso, ni cultura la inclemencia ante el sufrimiento de un ser vivo indefenso. Por ello derivo en lo que se hace en este sitio donde mi recelo y pereza de ingresar en un principio, aun cuando la sobriedad de la iluminación verde del exterior y la gran grúa suspendida en el aire seducían como un buen escote al deleite sensitivo y estético.
Entre y vi las paredes altas y en el fondo las ahora visibles tribunas y me sentí un toro asustado ante la inmensidad e impotencia en la plaza de toros. Los edificios a lo alto, las inmensas edificaciones de las torres del parque, el edificio colpatria, el cero de Guadalupe y el fiel y siempre presente cero de Monserrate con su iglesia blanca iluminada y siempre expectante.
Al fin empezó la obra con sus mil experiencias y con aplausos de emoción cada cinco minutos dada la majestuosidad del acto. Por ello mismo no relatare las maravillosas actuaciones que vi, porque merece mi más profundo agradecimiento y que ojala el que ose verla sabrá verla y disfrutarla.
Solo hablo de la plaza de toros. Ese mítico sitio que aunque con recelo visite, no pude ni podre desconocer y resaltar por su belleza, su magia y su nefasta y mala utilización convertida en tortura pudiendo ser un escenario propicio para que las letras, el teatro, la danza y las canciones lo contemplen y le acentúen aun mas en su grandeza en vez de opacarla ruinmente con sesiones de odio auspiciadas por unos pocos y aborrecidos por la gran mayoría.
Un sitio mágico místico que entre vivas, besos, cerveza fría, música de Ceratti, fito, calamaro y 2.600 metros más cerca de las estrellas me encontré un 28 de marzo.
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