lunes, 16 de abril de 2012

ORGULLO


Cada circunstancia es maleable y cada acontecimiento en la vida tiene su dosis de transformación, suspicacia y arrepentimiento. Uno subyace en mundos diversos que se conjugan y entrelazan sustancial y superficialmente conformando un enorme castillo de naipes que van sustentándose levemente conformando un marco armónico y trenzado. Uno a veces cree que se las sabe todas, que es infalible, que se es perfecto y llega un día en el que la vida de una bofetada nos despierta y nos enseña a respetar, a ser mas humildes y a finalmente madurar.




A veces uno cree que todo se suple con orgullo, omisiones estúpidas, actitudes déspotas y altivas pensando que el mundo en si se glorifica con nuestra presencia y que los demás son solo bienes accesorios de un universo que se delimita por nuestro alcance ocular o la proporción infame del ego. No somos nada. Somos una minúscula parte de todo lo creado. Quisiera decir que somos un grano de arena en una gigante playa, pero ni siquiera eso somos dentro de este infinito espacio.




Desproporcionamos todo por nuestro estúpido orgullo. Pasamos por alto lo que sentimos y lo que anhelamos solo por el aberrante orgullo y esa concepción de vana y vacía satisfacción. Erigimos como monumentos a nuestra desgracia frases como: “no lo llamo (así se muera por hacerlo), porque primero esta el orgullo y hay una pugna voraz para saber quien es el mas hijueputa de los dos, o aguanta mas el estado de pobreza mental. Eso para mi es el orgullo. La trivialidad banal más estúpida e infame que se autoimpone una persona para herirse de muerte así misma. Un mal que corroe personas, comunidades y naciones cultivado por el odio, la cobardía, las creencias soeces y el miedo.




He sido orgulloso muchas veces en mi vida y de antemano aclaro que este blog no es un lugar de autoayuda ni mucho menos. Tampoco soy el gurú de lo que es vivir (soy un exponente nato del ensayo-error). Tampoco me importa lo que usted señor lector o lectora haga o deje de hacer. No me importa, no me interesa. Solo expongo de manera libre y espontanea la alegría de haberme quitado la mascara del inquebrantable orgullo y haberle ofrecido unas justas excusas al ser que engendro en mi madre la vida y por el cual en este momento tienen escribiendo con inmensa alegría tomándome un delicioso café colombiano en una pizzería renombrada de la siempre fría en abril Bogotá, con un portátil en frente, un niño llorando al lado (mátenlo!!!), una pareja besándose apasionadamente (o haciéndose un cirugía de amígdalas. Una de dos) y la cara de mi padre desde la lejanía que proporciona la distancia por Skype…

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