
(Música: "no se si volverá" del grupo colombiano Superlitio)
Todo se centra en las doce de la noche. La magia, el irraciocinio, la burla, el orgullo, las caras largas, cenicienta y sus mil y una penas, el mambo, el rock, las baladas americanas que hablan de amores lelos y un son montuno. Las viejas amistades y la gente que en medio de la lujuria del alcohol se deriva a hiperbolizar su vida y hablar mierda. Recuerdos vanos, amores de mentiras, diafragmas expansivos, monitores llenos de calcomanías y cuentos de dragones poco bronceados en medio de la nieve con bufandas de lino en el cuello y crestas de colores vivos en la imagen, pero muertos en la acción.
Codazos, tragos costosos, faldas cada vez mas milimétricas, pieles coloradas por rubores turcos, besos andeniados y sanguijuelas sociales, pasean en medio de zapatazos, pasos gallegos, pasos en falso y mujeres pasadas de tragos que dan vueltas en el aire. Abrazos insulsos de gente cadavérica, hecha a escala. En un modelo morboso, lineal y aburrido que frente a una cámara digital extirpan una sonrisa, circundando mi existencia y a las que en medio de gritos, les doy la espalda para poder abrigarme plácidamente en el calor de mi silencio, evitándome una hipotermia por tantas miradas estúpidas envueltas en poses patéticas.
Flagelaciones permisivas se ejercen sobre el cuerpo para suplir de plano esas falencias del alma que se llevan con cada nota musical del pentagrama de los rostros viejos, las miradas inquisidoras al espejo, las figuras femeninas, las vírgenes sin velón, los abuelos olvidados en los ancianatos, las cosas que se quedaron sin decir y las porcelanas chinas de alguna tía solterona.
Vasos milaneses que esta noche se pasan entre copas de champan, vasos vacios, vidas de colores y vidas por colorear. Vidas que son tan inconclusas como la vida. Vidas inconformes como mis días. Vidas que como la mía siguen la lógica de los gatos que amamantan ratones y de tiburones vegetarianos que donan sangre. Lógicas que como ilustración tendrían la misma utilidad de un microondas en el desierto o de un cactus en mitad del mar.
Una noche y un sueño se mete en la ciudad. Un sueño entre calles, entre rincones, entre semáforos sin reparar, entre los vacios de una capital mundana, que entre el gris del pavimento vomita sus miserias y pone a la postre ocular el plato amargo de la mediocridad, los malos gobiernos, los sueños sin cumplir, las madres desilusionadas, la envidia y los domingos en los que la depresión y el arroz chino es la única salida.
Un sueño de letras, de amores camuflados entre el smock, los vasos de whisky, y un “Streets of love” de los Rolling Stones. Un sueño que me gusta imaginar en los días que juego con mi perrita dálmata, leo un buen libro, me siento en familia, estoy en medio de unas buenas piernas o simplemente cuando en la compañía de lo que soy, pienso en esos días que he andado y me rio. Si, me rio. Porque el que solo se ríe, de sus maldades se acuerda y por más de que reproche mis conductas, nadie me quita lo bailado, aun cuando la consigna diga:
No debo pensar, no debo pensar, no debo pensar, no debo pensar, no debo pensar, no debo pensar, no debo pensar, no debo pensar, no debo pensar, no debo pensar, no debo pensar…
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