
Cada una de las interacciones que tenemos con el medio que nos rodean crean en nosotros mismos marcas y pequeñas huellas, que en un plano de contundente acumulación nos proporcionan una serie de capítulos, voces, paisajes, imágenes y conversaciones que van entrando en nuestra memoria cíclica de recuerdos para forjar e instaurar nuestro fluctuante recorrido vital, desembocando en nuestras propias experiencias.
Cada paso que damos, desde que somos consientes de todas y cada una de nuestras escenas vividas por este mundo, van siendo acumuladas en nuestra memoria interna por medio de estas mismas experiencias. Circunstancias típicas como un bello atardecer, un beso fugaz, un primer amor que dejo su respectiva levedad y su infaltable dolor, son las que en suma nos permiten forjar un punto de criterio e ideología mental propia que nos permite interactuar con el mundo y los seres que lo rodean y habitan, retroalimentándonos de las mismas y tan diferentes experiencias de los demás.
La experiencia no es un fin en sí. Tampoco se puede catalogar como un medio tortuoso que deriva de los puntos suspensivos de nuestros días, nuestras grandes o pequeñas luchas, o de nuestra activa o decadente sensibilidad hacia lo que nos rodea y forma desde un aspecto sociológico voraz. La experiencia fundamenta nuestros pasos y es allí donde estos sentidos convergentes de momentos dados y determinados por el tiempo se diluyen y crean el arte en sus mil y una formas de manifestación. Es en este punto de partida vital en el que nos damos cuenta de que nuestras vivencias cotidianas, instauran elocuentemente lo que vivimos, lo que pensamos, lo que escribimos, lo que decimos, lo que sentimos y hasta lo que amamos.
Por ello, y siguiendo este orden de ideas nos podemos dar cuenta de que el arte no solo se vale de estos puntos sucesivos y conexos de nuestras vidas, sino que de ellos deriva también la sensibilidad de cada uno de nosotros al tomar el arte para mostrarles a los demás, desde una perspectiva interna, casi intima, lo que nuestras percepciones fundamentadas en nuestra experiencia nos influyen y como desde estas mismas vislumbramos, proyectamos y hasta soñamos el mundo. Nuestra experiencia estética nos adhiere a nuestras experiencias y nuestro modo de ver las cosas. Reconocerse en las debilidades, en las fortalezas y en los momentos críticos, son las que para mi sin duda, hacen que la experiencia fundamente no como un fin y si como un medio la percepción artística que hace fluir la esencia que tanto se busca, cuando no desde una perspectiva lógica, mecánica y sistematizada se busca la innovación y la sublime autenticidad de la estética.
Por ello para mí, y después de complementarme aun mas con esta lectura, puedo determinar que la experiencia es la base de todo modelo artístico y toda obra maestra. La experiencia permite que con base a lo que la vida nos ha proveído y suministrado determinemos nuestro entorno y analicemos de manera mucho más amplia lo que nuestros sentidos difieren de lo que nos pasa a veces. Como un amanecer puede hacernos querer cantar una bonita canción. Como un paisaje nos permite abordar con el placer de nuestros talentos y crear una imagen en el lienzo de manera única, por una experiencia que se puede volver a dar como fenómeno natural lógico, pero que solo se hace sublime con el furor del momento, sumado a una serie de caracteres y preparaciones de tipo vivencial, constante y lucido. Por ello todo fluye. Todo cambia y así mismo se van dando nuevos conceptos, momentos y lugares, elevando la percepción que tenemos de lo que consideramos nuestro y por lo cual se puede vivir.
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