
La tardes se han encaminado en decibeles de energía, canciones con recuerdos, análisis financieros, palabras difuminadas en el silencio y frases largas que se van con el humo del café y se disipan con el ambiente nostálgico y evocador de antiguas tragedias y memorables hazañas. Los días se van cambiando de manera extraña y con ellos se han encontrado nuevas formas de manejar los sentimientos, los días grises, los bajonazos internos y las llamadas que nunca se harán a pesar de una eterna noche con el teléfono en la mano apuntando a la boca, como el temerario suicida que aprieta el revólver, esperando la señal de valentía que le permita jalar el gatillo.
Llega el arroz chino en una caja de cartón y el mensajero de los domicilios con desidia recibe el pago justo y la propina. Se cierra la puerta, y delante de una gaseosa, empiezan a explotar en la pantalla del portátil, las ganas de sacar ciertas cosas que se atracan en mi garganta, mi cabeza y mi poco facultado de olvido, corazón. Se sacan de las ganas de volver a un sitio en el que las cosas se hacían mejor y estabas del lado de la sobriedad del alma. Rememoras el sitio donde las heridas del alma no hacían tanta mella, donde estuviese mi abuelita o donde contaba las plantas de todo un parque en búsqueda de un trébol de 5 hojas que anunciara la entrada triunfal de un duende irlandés, que tal vez cumpla uno o más deseos.
Debe ser que es domingo, y desde hace ya bastante tiempo paso de ser mi día favorito, a uno en el que la pensadera no me deja pensar…
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