
Las calles fluyen, se esconden en medio de una niebla, una brisa, parejas besándose y gatos que saltan de tejado en tejado buscando el salto que los acerque a una buena leche tibia, un trozo de jamón rancio o la perdida de una de sus siete vidas. La vida trasforma, dilata, expande y somete los pasos de los habitantes que salen despavoridos de sus oficinas, buscando un transporte que los lleve a sus casas para encender el televisor y enterarse de que el arroz subió de precio, el calentamiento global mata a los osos polares, que la prepago esta casi de reina, que los paramilitares jamás se acabaran, que la guerrilla es otra mentira envuelta en un arrume de mentiras llamado Colombia. Gente que está cansada y pasa canales entre las novelas, los anuncios de campañas políticas, los magazines de cocina y estrellas de rock que tienen las pupilas tan dilatadas como sus facultades egocéntricas.
Las callen fluyen y forman un diagrama de besos, monedas de pesos devaluados y miles de lagrimas que no brotan por el tapón del orgullo, la pena o la simple y excesiva a veces, vergüenza. Todo va mientras en un vehículo de ultimo año diviso las calles desde la 92 hasta mi morada con el alivio de saber que no hare lo que todos hacen y en vez de desperdiciar lo poco o mucho que me quede de vida, me refugio en uno de mis placeres estructurados en estas letras y en la leche tibia que mi mama gata me ha servido y servirá con tal de que no arriesgue el pellejo por la leche fría de los peligrosos tejados.
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