martes, 15 de mayo de 2012

SUSANA




(Música de Cœur de Pirate y su canción C'était salement romantique)




Las calles del centro de la ciudad se contraen y expanden a medida de que van sumando en el asfalto sus pasos. Susana es una expedicionaria de la urbe metropolitana y la fauna que la habita. Es una maestra de la selección natural y se sabe defender en un espacio lleno de sapos, lagartos, perros (los que sabe detallar y que en dos ocasiones le han roto el corazón), zorras, abejas, moscas, marranos (los de planes con regalos ostentosos y champagne), y culebras que con sus insistentes llamadas y sus amenazas con reportes negativos a las centrales de riesgo, alteran los fines de mes.




Camina sin rumbo fijo, sin direcciones, sin diagonales ni transversales que le alteren el ritmo cardiaco. Va sin rumbo, pero no está perdida. Sabe hacia dónde va, como llegar, que atajo tomar y que vestido es apropiado ponerse. Susana tiene ojos verdes, grandes y expresivos. Una cara simpática, un lunar en la nalga derecha y una figura bien formada por sus sesiones de yoga y Pilates, que practica en un templo Krishna que administra un ex amante suyo, adicto a la salsa de tomate y las hamburguesas de Mc Donalds.




También tiene un gato. Un persa blanco llamado pacho que divaga en las noches por los tejados vecinos y que siempre llega a su regazo con la lógica de los bohemios: antes de las seis y sin hacer ruido. Susana es feliz a medias. Feliz a pesar de tener el alma remendada con hilos de lana vieja y de tener el corazón pedregoso. Es feliz a pesar de tres suturas. La que tiene en su vida amorosa, su aborto a los diecinueve y la que tiene en el tobillo producto de una travesura infantil.




Susana camina y divaga por los rincones de su mente encontrando botellas de colores vacías, una familia disfuncional, tres carreras a medio terminar (o abandonar) y el profundo odio que le tiene a su padre por nunca haber podido conocerlo. Camina por las calles coloniales y coloridas de la candelaria buscando un sitio con una barra firme para sostener sus penas, una cerveza fría para enfriar la cabeza, dos o tres palabras que la reconforten y una canción de Ceratti. Deambula como naufraga por los bares de rock, las tabernas viejas con sus viejitos que huelen a tabaco rancio, los antros universitarios y los cafés donde rara vez venden café.




Después de decenas de minutos al fin encuentra uno. Un bar de rock que de fondo tiene un poster de “The Rolling Stones” a la izquierda y dos de “The Offspring” a la derecha. Entra al bar y un hombre de unos cuarenta años atiende su presencia con una sonrisa postiza, un millón de veces gesticulada y una carta de licores y cocteles con nombres absurdos y ridículos. Después de indagar en la estupidez gramatical de cada uno de los nombres, opta por una cerveza y el austero Bartender le acerca un vaso de vidrio con la espuma característica de la cerveza de sifón. Susana observa el lugar lleno de objetos ochenteros que no conducen a nada y que más bien parecen los vestigios del cuarto de un adolecente que a los cuarenta años se dio cuenta que en su vida no hizo nada que verdaderamente valiera la pena y que la única salida era el bar o el suicidio. Por lo visto en el entorno la primera se sobrepuso a los cojones que ameritan la segunda.




Al bar entran un grupo de jóvenes, que entre gritos, risas y ojos desorbitados, instan al desorden y el descontrol. Susana los mira de reojo y prefiere abordar su bolso y su saca su ejemplar de Sexus de Henry Miller para sustraerse de aquel espacio inundado de taches, pantalones entubados, tarareadas de canciones en ingles con pésimo ingles y canciones jartas de un bodrio llamado Rata Blanca. Nunca le ha gustado la música de peluquería, ni la ropa, ni la comida, ni la gente que tiene el cerebro de almacén de cadena. Aborrece las alienaciones grotescas y bosteza al conservar los que entre gritos entraron. Con su tomo de Sexus en la página treinta (esa que delimita lo que será un buen o mal libro) se mete entre las experiencias sexuales del narrador que de un modo directo y sin prejuicios relata al lector con fuerza metafórica y una narración visceral sus pormenores eróticos.




Mientras el tiempo pasa, mientras el mundo se mueve y la tierra gira sobre un eje diagonal y una globalización lacerante. Llueve en la ciudad. Susana esta resguardada entre aquel refugio para subnormales y desde la ventana del mismo ve la gente correr para protegerse de la lluvia y un perrito en una esquina tiritando de frio. Sus manos aprietan el vaso de cerveza y sorbo a sorbo bebe el producto rubio que baja por su garganta y alivia milimétricamente sus penas cotidianas. Penas de sueños rotos, amores perdidos, ilusiones cortadas y una uña partida. Penas que a sus veinticinco años aun no le han sacado canas, pero si mil lagrimas. Lagrimas de esas que duelen, agobian y con la habilidad de un Boy Scout, hacen increíbles nudos de garganta.





Al fondo del bar se suscita una discusión entre el propietario cuarentón y los metaleros veinteañeros por el consumo mínimo dentro del establecimiento. Los metaleros alegan que tres cervezas para cinco son suficientes y que no deben abandonar el lugar, mientras el cuarentón grita que no es suficiente para él y que el hedor a marihuana es insoportable y que si no desalojan de inmediato el sitio, llamara a la policía para que saque sus drogadictos y atorrantes traseros del lugar. El líder del clan de metaleros opta por la sensatez, instando a sus discípulos abandonar el antro, no sin antes romperle la nariz al cuarentón, volcar un par de mesas y romper las tres botellas. Susana ya en la página sesenta y tres, ausente total de la conflictiva situación fija su mirada en el líder y cabeza del problema y el a su vez le guiña el ojo y emprende la huida con sus seguidores.






Al fondo, las sirenas policiales.

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