
(Música de Superlitio y su canción Viernes Otra Vez)
Uno fácilmente se puede convertir en el eje central del mundo, la vida y los sentimientos de alguien y a su vez tiene el poder de fragmentar ese escenario sin querer o queriendo mucho. Uno también puede vivir por los ojos de otra persona sin mediarse a pensar lo que le pueda subsidiar a la propia salud mental que derivan de las acciones u omisiones de esta misma.
El amor es eso. Un juego de victimas y verdugos que se intercala en nuestras vidas y que nos hace asumir uno de estos dos roles en un espacio de tiempo, modo y lugar determinado. Ser verdugo de los que nos dan todo y nos muestran las cartas en un juego limpio o fieles escuderos de los que solo nos brindan migajas esporádicas y arritmias (esa sensación de que la humanidad de uno se baja a los pies en un segundo) dolorosas.
El amor es un juego absurdo, irracional, abyecto, ilógico y cotidiano que se ejercita en nuestras visiones matutinas y que se sustenta al tic tac que demarcan los segundos enclaustrados en un reloj. El amor no es lo que vende Hollywood, ni Disney, ni tampoco lo que las revistas del corazón anotan con grandes y empalagosos títulos. El amor es un producto frio, inestable, naturalmente infiel, impredecible y volátil. El amor es una sensación que se puede ver de dos caras porque no es plano y tiene incontables aristas. Es un sentimiento que se califica dependiendo de nuestra posición. De nuestras variables. De cómo estemos en la pugna. De cómo nos haya ido en la fiesta.
Muchos dirán desde un plano menos seco y más idílico que el amor es una cuestión sublime de caricias, entrega, detalles, afectos, apegos, costumbres y demás ilusiones surreales que he vivido, he gozado y en un par de ocasiones también he odiado. De pronto sea eso (para mi en este momento tal vez no).El amor es una cuestión inefable consumada por una concepción de poder, de saber quien es el verdugo que tiene la sartén por el mango, la visión exacta y total del juego y quien es la victima que carece de criterios de certeza, que esta a la merced del azar y que no conoce los secretos de este combate cuerpo a cuerpo que se ejecuta a muerte y en el cual no se tienen en cuenta reglas ni patrones de conducta.
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