lunes, 14 de mayo de 2012

01:11 PM BOGOTÁ COLOMBIA


Los cafés del centro de la ciudad permiten que el sistema auditivo se llene de artículos exequibles, normas de educación violadas, trafico agotador y desgastantes gritos de vendedores ambulantes con improperios del talante de: “mono mire la gafa” etc. En Bogotá estamos habituados a que nuestros días estén cargados de una dosis mínima de inseguridad y es de allí donde radica nuestra paranoia individual y colectiva que hace que seamos menos amables, menos hospitalarios y muy desconfiados con lo que nos abordan.



Por ejemplo en este café ahí dos abogados hablando del negocio de la vida, una vendedora de chocolatinas que no grita, sino que ladra y un par de sujetos que bajo la sospecha de sus vestimentas, hace que aferre a mi espalda aun más el maletín de mi portátil y ni por el berraco ose con sacar el móvil. Ejemplos así, palpables, feos, grises y de mal gusto que lamentablemente es el pan de cada día en la SUPUESTA Atenas sudamericana. Una Atenas con mucho acné asfaltico y una enfermedad errática y molesta: los ñeros, los huecos, la falta de conciencia y el poco sentido de pertenencia por una ciudad tan bonita.

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