viernes, 4 de mayo de 2012

EL MIMO





(Música de Edith Piaf y su canción L'Hymne à l'amour)



En el pueblo todos están al tanto de lo que acontecerá y la función da inicio. Con los primeros espectadores que van haciendo su entrada las inmediaciones de la carpa se van preparando y el mimo desata su gesticulación patética, ante el público adulto que lo mira con sorna y los niños que con una predisposición genética lo aborrecen. La bailarina entra al rescate del preámbulo y suple el papel de este, y con elegancia invade la pista, que, con su cadencia oriental y al son de un ritmo frenético van despertando el interés de los asistentes. El payaso aparece dentro del circulo de luz y con tres volteretas y una carcajada estruendosa anima al publico, que entre risas y gritos decreta su existencia y deja a un lado su inercia, para seguir el son de los acordes circenses y los chistes bizarros del hombre con la cara pintada y el vestido de pepitas de colores.



Al fin entra el dueño del circo y con sus dotes de anfitrión, pericia histriónica y oratoria pintoresca, invita a la mesa a envolverse en el mundo de la fantasía auspiciada por una carpa de rayas colmada de mujeres barbudas, perros adiestrados, temerarios adiestradores, crispetas de maíz, leones africanos, tigres aburridos, algodón de azúcar, melancólicos elefantes de la india y micos alemanes. La multitud acata la invitación y el espectáculo, mientras el circulo de arena se llena de shows de perritos que saltan un sinnúmero de obstáculos, domadores que mimetizan la furia de las fieras, elefantes que se paran en dos patas, los payasos que parodian a los asistentes torpes, calvos o feos y la hermosa bailarina se juega la vida en una cuerda floja regalando para su publico, una sonrisa de enferma mental. El circo aplaude, elogia y con vivas premia el talento de los osados que con dotes amorfas, van dándole vida a las existencias de las almas anoréxicas que hasta hoy los han acompañado.




Mientras tanto y al lado de la boñiga de los elefantes, esta el mimo ebrio con una botella de whisky escocés en la mano, vislumbrando un Paris cada vez más lejano, mas gris con pepitas de colores, mas raptado por un amor inconcluso y siempre bello por su impugnable torre Eiffel. Esta el mimo con la lucidez de la ebriedad satisfecho por haber realizado su tarea matutina: hacerse despreciar. “vida justa” dice el mientras los asistentes cortan de tajo su sonrisa con su pálida y alcoholizada presencia al salir de la carpa. Al fin y al cabo, y como siempre le repitió su madre: “a los mimos nadie los quiere y solo en sus notas mudas se decanta y exclaman sus existencias”.

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