Una descarga térmica va desglosando los campos de distorsión
de la realidad que se genera por cada sensación que se deriva de la música de
fondo, los bajos, las notas estridentes, las miradas perdidas y las curvas de
las inquietas mujeres, que con sus vestidos ceñidos y su conjunto natural de
viernes van desglosando sensualidad por todo su entorno. La noche se nubla entre el humo de los cigarrillos que se encienden y que crean la
ligera imagen de un pesebre de luces intermitentes, que se levanta entre los rayos laser del lugar, las bolas de
pequeños vidrios brillantes y las pupilas dilatadas, llenas de paisajes psicotrópicos
y alcoholizados. Una insulsa alegría que recorre mi existencia, haciendo
expandir mis poros y erizar mi piel en un desdoblamiento químico que desemboca en una tenue sonrisa.
Los cuerpos danzan, sudan, se rozan y se separan al ritmo de
sonidos circulares y repetitivos, cargados de una sintaxis erógena cada vez más
constante y evidente. Cada instante es
una gota en el mar de placer que se esparce por las nebulosas de la madrugada
bogotana y cada cuerpo, una invitación al aquelarre el desenfreno y el caos. Un ambiente de
bellezas inquietantes, lujo y delirio. Una catapulta de acciones que se
sobreponen unas sobre otras para deleitar el paladar de la insensible noche. Una
explosión de quimeras, duendes, dragones y hadas mágicas medievales.
Un universo paralelo metido en un sótano que camufla a los
que no le temen a la oscuridad y que se alojan mejor entre las sombras de una
ciudad que duerme con un ojo abierto, esperando a que cualquier extraño decida
atacar. Todo fluye, se estrella y se conecta en una lógica sin razón, mientras
bebo un sorbo de whisky y cierro mis ojos.
Música.
Murmullos.
Bailo.

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