Cada tanto vamos elaborando juicios sobre aquello que dice
rodearnos y sobre todo eso que compone la idea de realidad que vamos cobijando
desde que el sentido de realidad nos golpea en la nariz. Desde este muro unidimensional que
condensamos, vamos desglosando lo que pensamos, lo que sentimos, lo que nos
inquieta y hasta lo que creamos. Vamos poniendo los matices que nuestras raíces nos increpan
sobre el lienzo blanco y maleable que proporciona la vida. Nuestras experiencias
se conjugan como vinilos coloridos, sobre diluyentes sociales, creando matices
diversos, fluctuantes y sorprendentes.
Somos los artistas de nuestros contextos que apruebas de
ensayo y error, y por medio de nuestras decisiones le damos forma al paisaje de
nuestros días y a la arcilla que constituyen nuestros sueños. Por ello la
verdad para mi es un elemento amorfo y demasiado inestable. Es una connotación moral
que por su naturaleza radicalmente subjetiva, puede verse desde diferentes
puntos y vértices. Migrando al éxodo iracundo la idea plana de que sea solo una
o un elemento de valor irrefutable. Desde que somos pequeños albergamos la idea
de que lo verdadero es bueno y que lo falso es malo. Que la verdad es fuente de
felicidad y aplomo, y que la carencia de ella, es el debacle de valores y una impía
categorización de la realidad. En cierta medida creo que es cierto, que lo
bueno debe estar investido de lo verdadero y que lo falso denota un tinte de desavenencia
que irremediablemente desemboca en los pilares de lo malo, lo mal visto, lo feo
y lo indeseable.
El problema no radica en los dos conceptos, ampliamente
contrarios. No. Radica en que la realidad como la vivimos no es una cuadricula
equidistante de dos puntos, sino una serie de bifurcaciones que se van
ramificando en diversos sentidos con cada paso que se da, y que aunque pone
siempre dos opciones de bien o mal, para cada una esta el libre albedrio de tomar u omitir la decisión
correcta. Para mi la autentica verdad no existe y no se puede dar por el
contexto mismo que se vive a diario. Vivimos en una sociedad decadente que nos
inculca valores religiosos y morales desde que nacemos con diezmos,
instituciones corruptas, rezanderas y pedófilas. Que sustentan su capacidad de persuasión
a los ignorantes e iletrados con ideas de cielos e infiernos a la orden del
mejor postor, dentro del mercado diverso de la fe.
Un mundo falso que se vale de los medios de comunicación para
mostrar modelos etéreos de miradas perdidas, sustentando un concepto de belleza
excluyente que contrasta con la obesidad pandemica de los países desarrollados
y la esquelética imagen de la hambruna y
el egoísmo de una humanidad que recae sobre los hombros de los niños que mueren
por inanición en las áridas estepas africanas, el peso de una estirpe enferma,
materialista y vacía. Un mundo que disfraza la felicidad con la estúpida idea
de que la acumulación desmedida proporciona gozo y que pregona caras felices en
vallas publicitarias a transeúntes de caras largas, vidas grises y pensamientos
suicidas.
Vivimos inmersos en la mentira de que tenemos el control de
nuestras propias vidas, sin tener en cuenta el hecho de que solo somos hámsters
de laboratorio corriendo como
desesperados por ruedas giratorias, con sueños fotocopiados (una casa grande,
una esposa, un auto de ultimo año, un viaje al mar y un perro), Ilusiones de
control y delirios de grandeza. Nos levantamos cada mañana pensando que el
mundo es un lugar mejor, cuando en el fondo sabemos que la explotación petrolera, el enfermo delirio
minero, las guerras en en el medio oriente, la trata de personas, el
desplazamiento, las fabricas de niños trabajadores en china (donde trabajan por
menos de cincuenta centavos de dólar y hasta 16 horas diarias) y la contaminación
rampante no son adjetivos de un mundo
que vaya en proceso de mejorar.
Nos engañamos. Nos mentimos. Nos decimos a nosotros mismos
que todo esta bien y que pronto despertaremos de la pesadilla que realmente es
la autentica verdad. La autentica verdad duele, angustia, cala los huesos y nos
hace llorar. La verdad no es un ente ameno envuelto en una funda de seda. No. La
verdad es una fiera que se camufla en nuestros temores y nos pone cara a cara
con el verdadero rostro abominable que conlleva la humanidad. Por eso es que se
ha desarrollado esta sociedad del autoengaño. La sociedad donde todos somos
lindos y subimos nuestra patética vida a las redes sociales, para demostrarle a
un montón de desconocidos que somos felices (así no lo seamos), y que deberían envidiarnos
(incluyéndome). Porque desde que crecemos, crecemos con la concepción arraigada
en el subconsciente de que la verdad es cruda y hay que evitarla. Que es mejor
vivir en una burbuja de falacias a soportar los pinchazos lacerantes de lo que
es verdad. De lo que es real. Porque la verdad no esta detrás de los extractos
bancarios, de las cirugías plásticas, de las fotos en sitios caros, de la sociedad,
ni el lugar donde vivimos. La realidad esta eso que nos compone en el espíritu,
sea bueno o sea malo. No importa. No tiene relevancia.
Por eso hasta este momento entiendo la grandeza y el sublime
acto de bondad y gallardía de JESUS. El, en su sublime sabiduría busco y se
inmolo por su verdad y esa verdad, somos nosotros. Unos seres despreciables que
destruyen su propio hogar, inventan genocidios, imparten muerte a diestra y
siniestra a los suyos, asesinan sin piedad, violan, derrochan frente al
hambriento y crean castillos en el aire solo para alimentar el ego. Somos la
verdad. La cruda y desagradable verdad…

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