martes, 27 de marzo de 2012

LA PUREZA DEL ODIO


Desde que somos consientes de nuestra realidad y captamos nuestro papel en el mundo real, fundamentamos nuestras vidas, nuestras horas, nuestras conversaciones, nuestras ambiciones y situaciones frustrantes al talante de determinado sentimiento. Atribuimos como comillas a una frase las cosas que brotan de nuestra alma y que de una u otra forma adornan esas acciones cotidianas que llenan el corazón de acordes agridulces, desgarrados y a veces con el tono estridente del silencio. Esos momentos y situaciones que solo dejan sabores etéreos en la boca y la mente en blanco sin visos malos o buenos.



Muchas veces aferramos nuestras vidas a lo que sentimos, a lo que como seres humanos labramos desde las entrañas del alma, para no diluirnos en una robotización alienante e indolente patrocinada por el capitalismo repulsivo y obsceno, que se vanagloria en la decadencia y el exceso de falso brillo. Aferramos nuestras existencias al amor, a la amistad, a la alegría, al miedo y a las miles de sensaciones que el mismo entorno nos infiere. Aferramos inconscientemente y de manera lúdica nuestras acciones para hacer de ellas más que una cifra, más que un número en una encuesta, más que una línea en un plano cartesiano que gráficamente ilustre nuestras soledades.



Somos consientes de eso. De saber que para vivir hay que sentir y que no todos los sentimientos son sanos, ni todo lo que sale del corazón es tan pulcro. Somos consientes de que nuestra estirpe se ufana de las cosas más sublimes, pero que también se ata con los confines de lo oscuro, de lo siniestro, de aquello que se esconde en los rincones y que desde la oscuridad solo nos muestra los colmillos. Ojos siniestros que en medio de la maleza de las entrañas de las malas noches, esas que con pesadillas nos aniquilan las horas nocturnas, esas que están cargadas de rabia, de silencio, de impotencia y de lo más fangoso que se haya en las entrañas de nuestros errores, nuestras malas venturas y nuestras crueles omisiones: el odio.



El odio. Ese sentimiento que se instala en esas acciones llenas de locura y que se filtra por medio de los celos, los dolores, las venganzas, las impotencias y demás falencias propias de una obra imperfecta e indeleble como lo es el ser humano. Ese sentimiento que como algún día me diría una persona:“es el más puro de todos los sentimientos”. El más puro no por su sentido de rectitud y bondad, sino porque es el único al que ni siquiera la putrefacta y camuflada hipocresía puede tocar.





Porque es el único sentimiento que ni siquiera el mejor de los actores puede recrear ni fingir. Porque es el único sentimiento que parte de la esencia animal que tanto hemos tratado de suprimir, pero que tanto nos caracteriza y por medio de la cual volvemos a ese estado natural, en el que cada hombre es lobo para el hombre y donde el más fuerte no duda en comerse y desvertebrar al débil en el festín visceral que proporciona la vida.



Un sentimiento inútil, que como un virus pandémico solo busca llenar a los demás y que solo al que lo padece es al que destruye. Un sentimiento vil que gracias a Dios no forma parte de mis días hace muchísimos años y que alivia mis días por su lejanía. Un sentimiento profundamente arraigado a las entrañas de los que critican en medio de falencias, carencias de espíritu y debilidades insanas, que cada vez que leen esto desde el borde de la envidia les corroe el alma.




Igual y como lo diría el maestro Julio Jaramillo:





” Solo se odia lo que alguna vez se ha querido”.

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