Fácilmente se puede caminar por las calles sudamericanas y ver de perfil las muchas variaciones culturales que se han avocado en nuestros días. Fácilmente vemos como nuestra estirpe indígena es desplazada por un convulsionado capitalismo disfrazado de falsa globalización. Fácilmente vemos como los extranjerismos son más citados que las frases de nuestros celebres y locales autores y como esta misma dinámica se da en nuestros sueños, en nuestras vidas y en la dirección errónea que poco a poco va tomando esta actual y caótica sociedad.
Fácilmente vemos como nos van vendiendo un modelo de vida que no nos pertenece y que claramente va en contra de lo que somos, lo que hemos sido y lo que de verdad nos compone como integrantes de una comunidad activa que no se la invento un anuncio de Coca-Cola, sino que desde tiempos ancestrales nos ha ido formando. Fácil, esa es la palabra del holocausto autoinducido al que nos hemos habituado desde que nos metieron en la cabeza la cultura nefasta de la inmediatez, donde las buenas costumbres, las cosas trabajadas, los esfuerzos categóricos y las vidas honestas no caben. No existen. No son viables.
El facilismo de la sociedad actual no solo nos ha llevado a fabricar objetos y cosas en masa a nivel industrial y premeditadamente moldeado, sino que así mismo ha consolidado su poder de alienación sobre el pensamiento independiente, el conocimiento objetivo y la actitud individual de los seres humanos dentro de un mundo que cada vez se parece a una cárcel y que conjuga las supuestas libertades al capricho del capitalismo salvaje y la adoración insana y estúpida por el dinero.
Ese facilismo que lleva a los jóvenes a las calles en busca de traficar un poco de droga y así empezar una carrera delictiva que tal vez les permitan salir de la pobreza mental en la que viven sumergiéndose en una miseria intelectual, y así terminar siendo los “lavaperros” de un mafioso que a su vez hará lo mismo con un político reconocido o un dirigente sindical, que a final de cuentas y sin querer decirnos mentiras son los que sustentan a final de cuentas desde su protección cubierta de cuellos blancos el narcotráfico en las calles y pueblos narcotraficantes. Son ello los que se dan los banquetes diarios a costa de la sangre de los pobres que con sus mentes aun mas marginales solo piensan en llenarles la panza en vez de seguir un camino recto, difícil y lleno de honesto esfuerzo.
De ahí para abajo somos testigos de como nuestras mujeres se acomodan a un famélico esquema de belleza donde las voluptuosidades son las homónimas de lo ideal y donde el carácter sexual de los cuerpos delimitan lo que son. Donde las palabras dulces de una mujer son desplazadas por gestos obscenos que no dan cabida a mas de dos cosas (fornicar y fornicar) y donde el sentido estético de ser mujer es desplazado por el afán de vender y hacer de ellas las prostitutas útiles de una sociedad que las utiliza como podría utilizar una valla, un pasquín o un anuncio vulgar en el baño de un prostíbulo en decadencia.
Esto es lo que a final de cuentas nos esta corroyendo como sociedad y como sujetos activos dentro de una parte de la historia de esta estirpe humana. Ese facilismo materialista que pasa por encima de los animales, de las personas, de los valores, de la moral y de todas las coas que durante miles de años se forjó para no ser bestias devoradoras e irrespetuosas. Un facilismo que nos lleva a tener que reflexionar cuanto nos cuesta esta nueva subcultura de la inmediatez y cuanto es lo que estamos dispuestos a pagar por amputarnos el privilegio de ganar las cosas con el sudor de la frente y no con el derramamiento de mas sangre inocente.
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