domingo, 5 de agosto de 2012

METAMORFOSIS KAFKIANA






Cada vez que llega a la vida de uno alguien con intensiones de instalarse y hacer raíces en nuestros instantes y nuestras sensaciones, hay una especie de “deja vu” que como una defensa orgánica, atenaza y pone doble cerrojo a las puertas del corazón, evitando patologías sin sentido y haciendo que la intriga y la persuasión de la sospecha aflore de manera descomunal.





Empezamos a ser más detallados, más cínicos, más precavidos y por sobre todas las cosas mucho mas incrédulos. Hiperbolizamos errores o defectos, minimizamos caricias, halagos, atenciones, frases de cajón o hechos repetidos (porque con estos mismos hemos sido engañados, heridos, mutilados emocionalmente y hasta enamorados en el pasado).Con el tiempo se dificulta creer en las personas y sus sentimientos y cuando queremos simular hacerlo, nos damos cuenta de lo patético y ridículo que es esto.





Con cada expresión rememoramos sitios, situaciones especificas (el mismo café, el mismo monologo, las mismas preguntas siempre), vinos, almuerzos y un sinfín de eventos ya vividos que hacen que vivamos cada relación y cada persona que se aparece, como una más de la enorme línea de reciclaje de los corazones rotos que entran al mercado del “usado” con suturas internas o implantes precarios.





Creo que el culpable de todo esto es el tiempo. Los años no pasan en vano y lastimosamente no hay ungüentos para el alma, ni venden limpiadores de memoria en las enormes estanterías de productos de aseo personal. Cada vez eso llamado amor que debería ser tan arraigado a nuestra existencia, se hace más lejano, más extraño y mas ajeno a nuestra cotidianidad. Parece que con el paso de los días se va haciendo mucho más difícil descifrar este sentimiento que como un rompecabezas de mil piezas no se materializa con facilidad.





Una metamorfosis Kafkiana que como a Gregorio Samsa, nos va acorazando las delgadas y cada vez mas diezmadas líneas de la inocencia, haciéndonos parecer como viles monstruos, ante un mundo que nos molió a golpes en tiempos pasados y que no entiende nuestro legitimo derecho a defendernos y seguir disfrutando de una placida (aunque insabora) tranquilidad.

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