Todos queremos tener paz, empleos bien remunerados, una
novia hermosa, un amor para toda la vida, una casa inmensa, un auto de último
año y una vida en el sentido estricto de la palabra apacible y feliz. Todos queremos
esa fabula de la vida perfecta y creemos que con levantarnos cada mañana a
buscar eso, estamos y estaremos bien. Son ese tipo de organigramas que le
imprimimos a nuestras vidas, solo por que es lo correcto. Lo bueno. Lo inmediatamente
factible y así, en ese orden de ideas, el
día de ayer la ciudadanía de mi país se agolpo en las calles pidiendo la paz.
No es que no sea partidario de que haya paz. De que en los
campos haya un ambiente de tranquilidad y bienestar propicio para el desarrollo
y la producción. No. Solo que no me parece que eso que llaman paz sea tan factible como amplia y tozudamente
lo exponen en la televisión y demás medios de subordinación. No se, no me
parece tan fácil. No se si solo me pasara a mi, pero cuando hablan de mesas de negociación,
de lo que unos pocos dicen entre egos en cuba, me siento ajeno, extraño, como
extranjero. Me siento ajeno a lo que en la habana se cierne como negociación y
bastante distante de personajes que han estado involucrados en un sin fin de
masacres, desfalcos tributarios, shows mediáticos, proyectos de reelección y demás
falacias que se fraguan desde opulentos
escritorios y que los sufren los mas pobres. Esos que leen menos, ven más televisión
y piensan que la paz es simplemente oprimir el botón “Reset” y esperar a que
vivamos felices comiendo perdices.
Para mi este país lo maneja el demonio. Satanás en pleno que
instaurando cortinas de humo azufrado, logra tapar la conciencia de millones,
que, con un pañito de agua tibia, va dándole solución a los innumerables
problemas que genera una sociedad sin equidad, sin oportunidades y con el cáncer
de la corrupción en plena metástasis. Somos un pueblo sin memoria que se
enorgullece por pendejadas. Un pueblo que va olvidando atrocidades y delitos de los dirigentes desfalcadores sacando el pecho por el resultado de un
partido de futbol de la selección Colombia, un reality donde la prepago de moda
se acuesta con el imbécil de momento o la telenovela mexicana de la tarde.
Somos lastimosamente un compendio de arrimados, que sacamos
el pecho por nimiedades, como ser el segundo mejor himno de mundo, el país mas
feliz (la frase mas imbécil jamás dicha), el mas rico en flora y fauna (regalándolas
a precio de huevo a las multinacionales), como si estas
solemnidades baratas hubiesen sido entregadas alguna vez o el mundo las tuviera
en cuenta como referente en algún momento y no como una broma mas de los países
en vía de desarrollo. Somos un país de mujeres operadas desde los quince años
para seguir surtiendo la galería de objetos sexuales de hombres que como
paradigma estúpido adoptan el machismo y no las valora por lo que son y no por
sus genitales y glándulas mamarias. Somos
una horda de zombies alienados por los medios de comunicación y grupos alzados
en armas que nos callan las ideas y dicen batallar por nosotros. Porque eso son las FARC, los paramilitares,
los políticos, los sindicalistas, los curas, los narcotraficantes y los medios
de comunicación actuales (esos que se escandalizan de cualquier cosa qu pase en venezuela, pero que jamas dijeron nada en la tirania de Alvaro Uribe Velez y que ahora le sirven de vitrina): tiranos déspotas y excluyentes de mentes somnolientas
como la nuestra.
Somos un país que se indigna porque un cantante se equivoque
en una estrofa del himno nacional, pero
que se hace el de la vista gorda ante un pobre campesino mutilado en sus manos,
solo por defender el legitimo derecho a no morirse de hambre, mientras unos
pocos se jactan de vacacionar en Miami e
imponen la imagen de Juan Valdez, como el ídolo utópico de los cafeteros
campesinos ante el ciego mundo. Somos así,
digo somos porque también naci en este territorio tan bonito, pero tan
desangrado por los lastres carroñeros que lastimosamente somos los colombianos.
Un país lleno de cosas, pero falto de ideas proactivas y solidarias, donde el egoísmo
impera y la falta de sentido de pertenencia es la constante. Un infierno con
oasis mentales que solo sirven para masturbar el ego de los que con poco se
ufana de poseer el mundo.
Un país donde no se entiende como hay niños guajiros
muriendo de inanición en departamentos tan ricos y con regalías
multimillonarias como la guajira. Un país que con oro, carbón y demás riquezas
naturales no ha podido acabar con los problemas del 40 % de la población que vive en la pobreza
extrema (menos de dos dólares diarios) y el 32% de la miseria (personas que
viven o sobreviven con menos de un dólar diario). Por eso y por millones de
razones más, pienso que la paz no se dará
por medio de marchas, pañuelos blancos y
demás manifestaciones civiles, que, aunque altruistas y positivas solo logran
tapar el trasfondo que interfiere la paz y que es más destructivo que las armas:
La inequidad social. Porque si bien la disposición del país dice una cosa, la
realidad nos demuestra que la paz con hambre, con un sistema excluyente, un
gobierno arrodillado al sistema bancario y unas leyes ciegas y bursátiles es imposible.
Esta es mi razón de no haber marchado ayer, porque como bien
decía mi abuelita: “eso es hacerle morcillas al diablo” .

Yo tampoco creo en la paz. Con los fascistas no se dialoga, solo entienden el dialogo de las armas.
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